La Navidad es una de las celebraciones más difundidas en el mundo y, aunque está vinculada al nacimiento de Jesús, su origen responde a un proceso histórico y religioso complejo. La fecha del 25 de diciembre, o la celebración en la noche del 24, no aparece en ningún texto bíblico, sino que fue establecida siglos después mediante la integración de creencias cristianas con tradiciones culturales preexistentes.

Los Evangelios de Mateo y Lucas narran el nacimiento de Jesús sin indicar una fecha precisa, ya que su enfoque es teológico y simbólico. Sin embargo, algunos detalles, como la presencia de pastores cuidando rebaños al aire libre, sugieren que el nacimiento pudo haber ocurrido en una estación más cálida, posiblemente entre el verano y el otoño, cuando estas prácticas eran comunes en Judea.

La elección del 25 de diciembre se vincula históricamente con festividades del Imperio romano, como las Saturnales y el culto al Sol Invicto, celebraciones asociadas al solsticio de invierno y al renacer de la luz. Con la expansión del cristianismo, la Iglesia adoptó esta fecha y le otorgó un nuevo significado, presentando a Cristo como la “luz del mundo” que vence a la oscuridad.

No obstante, algunos estudiosos sostienen que la fecha también pudo surgir de cálculos teológicos internos del cristianismo primitivo. Según esta interpretación, Jesús habría sido concebido el 25 de marzo, fecha asociada a su muerte, y su nacimiento se habría situado nueve meses después, el 25 de diciembre, sin una dependencia directa de los rituales paganos.

Con el paso del tiempo, especialmente a partir del siglo IV, la Navidad quedó firmemente establecida en el calendario cristiano y se expandió por el mundo. Hoy, la festividad trasciende lo religioso y se manifiesta de diversas formas culturales, pero mantiene como eje central la idea de luz, esperanza y renovación asociada al nacimiento de Jesús.